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¿Hemos “vendido” nuestra privacidad al mejor postor?

La respuesta es un rotundo sí. Bueno, en realidad no, porque lo cierto es que hemos sido tan ingenuos que la hemos servido en bandeja a gobiernos y corporaciones gratis. Hemos regalado lo que tal vez sea lo más preciado y valioso que los individuos, como tales, poseemos, nuestra intimidad y privacidad.

¿Hemos perdido el control de nuestra privacidad?

Hace tiempo que no le dedicaba unas palabras a mi blog y a aquellos que me seguís, aunque si me seguís, ya sabéis la razón y probablemente me leéis en otros sitios, o al menos eso espero. Pero he decidido volver (nunca me fui) con una reflexión que la mayoría de nosotros, inmersos en plena era digital, nos hacemos cada día: ¿hemos perdido el control de nuestra privacidad?

El diario The Guardian destacaba hace solo unos días un estudio según el cual WhatsApp poseía una de esas “puertas traseras” gracias con la que, potencialmente, podía leer nuestros mensajes (y observar nuestras fotos, entiendo) sin embargo, pronto salieron los expertos en seguridad a decir que esto no era ningún fallo de seguridad, sino que formaba parte del propio sistema de encriptación o cifrado de extremo a extremo, al tiempo que reconocían que, bajo determinadas y muy excepcionales circunstancias, ese acceso a nuestras comunicaciones privadas podría suceder (os lo explico bastante mejor aquí, por si os interesa, pero no soy ningún experto, que quede claro). ¡Vale! Parece como si todos los planetas, estrellas y elementos del Universo tuviesen que alinearse para que esto fuera posible, pero es posible, y eso es lo que importa o, al menos, lo que a mi me importa.

Lo que compartimos en público, y lo que es privado

Cada día nos llevamos las manos a la cabeza ante noticias semejantes cuando, en realidad, todos y cada uno de nosotros colocamos una inmensa parte de nuestras vidas en internet. De hecho, yo lo estoy haciendo ahora mismo expresando mi opinión algo que, bien analizado junto con otros muchos datos, podría ser utilizado para definirme y etiquetarme como enemigo de tal o cual cosa. Marcamos muchos “me gusta” en Twitter, FaceBook o Instagram, retuiteamos y compartimos mensajes y noticias, subimos fotos y vídeos a nuestras redes sociales favoritas, etcétera. Y todo ello lo hacemos de manera pública, a veces sin ser conscientes de las repercusiones que puede tener, pero plenamente conscientes de que eso es visible para todos.

Luego están los datos e informaciones de carácter mucho más privado: nuestro historial de navegación por internet, las copias de seguridad de nuestros dispositivos que hacemos en iCloud, Google Drive o OneDrive, los archivos que subimos para tener siempre a mano en DropBox, las conversaciones que mantenemos a través de WhatsApp, Telegram y otros servicios similares, los mensajes de correo electrónico… ¿Sigo? No hace falta, ya ha quedado claro ¿verdad? ¿Qué pasa con estos datos? ¿Alguno de nosotros se lee el tocho de “Términos y condiciones de uso” antes de pulsar “Acepto”? Lo dudo. Yo confieso: no, no los he leído; y si lo haré en un futuro es algo que aún está por ver. Aunque es algo que todos deberíamos hacer.

“Hemos depositado nuestra privacidad en las compañías tecnológicas”

Continúo. La sociedad del siglo XX ha evolucionado hacia la sociedad del siglo XXI, una sociedad digital en la que estás, o no estás. Así de simple y de duro, sin paños calientes. Una empresa que no está en internet está abocada al fracaso, a menos que sea la frutería del barrio. Y una persona que no se maneje en la red y que no esté en la red es un raro espécimen. Esta mañana, esperando para recoger unas entradas, he escuchado a una señora decir: “Mi teléfono no tiene WhatsApp”. Imaginaos la reacción del resto (servidor incluido).

En la sociedad digital actual, casi podríamos decir que hemos depositado nuestra fe en la tecnología, pero a lo que no le hace falta ese “casi” es al hecho de que hemos depositado nuestra privacidad es las tecnológicas.

Podemos, y de hecho debemos, exigir que se respete nuestra privacidad y nuestra intimidad, que se mantenga el derecho al secreto de nuestras comunicaciones, pero asumamos la realidad: estamos vendidos. Llegados a este punto, lo único que nos queda es la confianza, es decir, ¿en qué empresas tecnológicas confiamos para mantener a salvo nuestra privacidad? Porque la realidad es, por más que nos duela, que por muchas leyes que haya, y por muchos términos y condiciones bonitos que nos ofrezcan, los servidores donde se guardan nuestros datos son suyos, y aunque esto no les de derecho a hacer lo que les plazca con nuestros datos e informaciones, llegado el momento, si quieren, lo harán. Y de hecho, ya sabemos que lo han hecho, y que lo hacen.

Espero que nadie me malinterprete y para ello, haré una sencilla comparación. En todas las legislaciones del mundo está prohibido matar sin embargo, esa ley no impide que alguien te atropelle deliberadamente mientras cruzas la calle. Simplemente, confiamos en que eso no sucederá. Si ocurre, el “atropellador” será castigado, pero el daño ya está hecho. En el terreno de la privacidad es exactamente igual. En la mayoría de países del mundo todos los ciudadanos tienen derecho a la privacidad de sus datos, de sus comunicaciones, etcétera, pero esto no impide que, llegado el momento, las empresas los utilicen, simplemente establece un castigo por si lo hacen. Pero una vez hecho, hecho está.

Por eso decía que únicamente nos queda la mayor o menor confianza en unas o en otras compañías tecnológicas. Por ejemplo, yo, a nivel personal, confío mucho en Apple, donde hay almacenada muchísima información sobre mí, pero no confío en absoluto en Google, cuyo negocio se basa en la publicidad que a su vez se basa en datos de usuarios; también confío en DropBox, y en Telegram, pero no confío en absoluto ni en WhatsApp ni en Facebook. Son sólo unos ejemplos con los que muchos de vosotros estaréis de acuerdo, o no, pero que en cualquier caso están basados en la confianza, algo muy subjetivo.

En fin, esto no es más que una simple reflexión que me apetecía hacer y que he redactado del tirón, porque estas cosas, si se piensan mucho, acaban mal. Espero vuestros comentarios. ¡Hasta pronto!

Publicado en Actualidad

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