La oportunidad perdida.

      Todos en España sabemos la terrible crisis económica que padecemos desde hace un lustro y que tantos sueños, ilusiones y hasta vidas se está llevando por delante. Hemos visto como cientos de políticos corruptos han despilfarrado y robado el dinero público; hemos visto como el Estado rescataba a los mismos bancos que nos habían llevado hasta esta situación a la vez que desahucian a familias enteras de sus viviendas y niegan el crédito a los escasos emprendedores que aún quedan; hemos visto cómo se “cargaban” a la clase media acentuando la brecha entre ricos y pobres, cómo aumenta la pobreza y cómo aumenta la malnutrición entre los niños de nuestro país; hemos asistido a la pérdida más brutal de derechos sociales ocurrida desde el inicio de la democracia y al hundimiento de la sanidad y la educación públicas, pilares fundamentales de una sociedad justa; hemos comprobado, sin resquicio a la menor duda, cómo existen dos tipos de justicia, la de “personajes” como Blesa, Rato, Blanco, Bárcenas, Elena y muchísimos más, y la justicia del común de los mortales. Y sí, el que lea ésto se dará cuenta que estoy escribiendo en primera persona del plural: “nosotros”. Porque somos nosotros, el pueblo, los ciudadanos, los que finalmente hemos consentido que todo ésto ocurra. Porque lo peor de esta crisis no es el dinero perdido, o las viviendas expropiadas o el tremendo descaro de los gobernantes, presentes y pasados, lo peor de esta crisis es que ha supuesto una OPORTUNIDAD PERDIDA. Porque ahora que dicen que se avecina el inicio de la recuperación, algo que aún falta por ver, hemos perdido la ocasión de cambiar las cosas, de dar un golpe en la mesa y decir ¡basta, hasta aquí hemos llegado! Porque no hemos tomado conciencia de que el verdadero y único poder válido no se encuentra en manos de políticos ni banqueros, sino que reside en el pueblo, y que 45 millones de españoles en la calle, y no en sus casas, hubiesen dado un giro de 180 grados en pro de acabar con un modelo socioeconómico del todo injusto disfrazado de falso Estado del Bienestar. Pero ¡quien sabe!, tal vez aún no sea demasiado tarde porque aún no hemos salido de una crisis cuyas secuelas aún persisten y persistirán durante décadas.

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